El vino del abuelo

Nacer y crecer en el seno de un restaurante conlleva recuerdos asociados a manteles de cuadros, vasos Duralex de color ambar y por supuesto, botellas de vino en una nevera empotrada con puertas de madera. Un paseo por los que hicimos la EGB y veíamos pasar el tiempo entre canicas y películas de un rombo.

 Juanico el de la Bigota
El abuelo enseñaba fotos en blanco y negro de sus tiempos mozos tomando unos vinos (en vaso, claro) con sus amigos en la única taberna del pueblo. Una generación después, el local seguía abierto con ese aspecto sórdido mezclado con olor a vino rancio y calendario de taller mecánico con una modelo enseñando las virtudes de la vida.
Los aguardientes matutinos dejaron paso al “sol y sombra” de Soberano y Anís del Mono y el consumo de alcohol era más “selecto” pues empezaron a aparecer (o a conocerse) marcas de vino, algunas de las cuales, ya desaparecieron y otras, que se mantienen y perduran con los afortunados cambios para adecuarse al consumo actual.

La quina San Clemente, un vino malagueño dulce y enriquecido con el extracto de la corteza de árbol del mismo nombre, era la antesala de la comida y a los niños se les administraba un poquito de “kinito” (su mascota) para dar ganas de comer y prevenir enfermedades (como la quinina curaba la malaria…). Mal asunto para niños que crecieron en un entorno en la que “ir piripi” era aceptado socialmente.

El Tio de la Bota de Murcia, era uno de los vinos embotellados que podían aparecer encima de la mesa del restaurante en un domingo festivo y para compartir con la familia alrededor de una paella y una ensalada mixta. Las señoras lo acompañaban con La Casera y los señores hacían gala de su “aguante” y sabiduría ante los invitados.

La apariencia forrada en tela de artillera y el sello de Rioja conferían a Siglo un aire aristocrático que lo colocaba entre los “top” de los vinos en la restauración de los 60-70. Era uno de esos vinos que se pagaba en billetes (de pesetas) y que algunos guardaban eternamente en la estantería del comedor de casa para que se viese “el poderío” en lo que al vino se refería.

El fin de fiesta venía en forma de brazo de gitano y de una botella de Rondel Oro o Rondel Verde. Entonces no se llamaba Cava. Era Champan y punto. El que más triunfaba era el semidulce. Otras categorías en lo que se refiere al nivel de azúcar no estaban extendidas y el brut nature apareció mucho después. Chin chin.

No puedo terminar este paseo por el tiempo sin recordar la Mirinda, el Cinzano, El Fernet Branca, el Bach semi dulce, el Federico Paternina (banda roja o banda azul), el Blanco Pescador y el mítico Sangre de Toro. Todos estos vinos, son un legado para los que crecimos en medio de botellas y sacacorchos de palanca en la pared y que, recordarlos, nos hace sonreír.

Publicado en THELUXONOMIST.ES

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